Las bodas son celebraciones preciosas, en las que me lo paso pipa.
Lo que odio de las bodas es que tengas que decirle tanto a la madre de la novia como a la del novio lo guapas que están cuando llevan un tocado de plumas que toca el techo, y un vestido que parece echo con las cortinas de un castillo medieval.
En esta boda en concreto tanto el novio como la novia llevaban trajes alquilados, lo que me parece genial, ya que gastarte un pastón en un traje que solo te pondrás una vez es, desde mi punto de vista, ridículo. Una de las cosas que más me impresionó fue cuando salió la famosa frase de: "que se besen, que se besen". Los novios no se sonrojaron o se negaron o se dieron un piquito, que va, se comieron los morros de una forma impresionantemente larga: Cosa que quedará para los restos de los restos en las fotos.
La comida, no fue una gran experiencia. Al ser comida de catering, es decir, precalentada, estaba fría y dura. Aunque he de admitir, que los camareros eran muy agradables, por lo que lo hizo más ameno, y evitó que le tirará el solomillo crudo a la cabeza.
Tras una espera largísima, por fín, llegó mi hora favorita: el baile. La verdad es que la música fue muy variada y me lo pasé muy bien, aunque ya a las tres de la mañana no podía con mis pies. Algo que quiero resaltar y que me hizo mucha gracia es lo que hiceron los amigos del novio, aunque la historia viene de más atrás:
Hace tres años en la boda de otra pareja, los amigos del novio (entre los que se incluía el novio del pasado viernes) cogieron al novio en mitad del baile, disfrazados de policías y con las caras tapadas y se lo llevaron. Trayéndolo al rato disfrazado de conejito rosa.
Bien, pues en esta ocasión cogieron al novio vestidos de bomberos, lo ataron con mangueras, y lo trajeron al rato metido en una caja y disfrazado de astronauta con casco y todo.
Me lo pase genial y bailé un montón.
Corto y cambio.