Ejercico 11 de la página 33:
_¡Qué burro ha de zé zenó; qué burro ha de zéee...!Ande paze que totá me jubilo mañana.¡Pá lo qué me quea en el convento...!
-Muchas gracias señor, es muy amable.
El hombre de azul nos abrió la puerta, y yo, como buen caballero dejé que Platero entrase antes, ya que nunca había estado allí. Nada más entrar nos azotó el dulce olor de las flores de El Vergel, era una mezcla de sensaciones, un regalo para los sentidos.
Fuimos paseando, y en el transcurso nos encontramos a niños de mejillas coloradas jugando a la pelota, a ancianos paseando alegremente con sus bastones color caoba...
Encontramos un precioso lugar bajo la sombra de un gran sauce llorón, cuyas ramas se movían con la brisa. El tiempo parecía no transcurrir allí. Se oían los cantos de múltiples pájarillos que revoloteaban a nuestro alrededor.
Platero cerró los ojos, en señal de paz, de tranquilidad; y yo, no pude más que hacer lo mismo.
Corto y cambio.
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